Real Unión de Irun


El Real Unión, mejor imposible

El Real Unión de Irun rompió el partido desde el pitido inicial y regaló a su afición el ascenso sin sufrimiento alguno tras una primorosa lección de fútbol.

Fernando Becerril | 22.06.2009

DV. Minuto uno, se escapa Juan Domínguez, para Raúl. Minuto tres, remate de Goikoetxea, Raúl saca una mano asombrosa. Minuto siete, Goikoetxea gana la espalda a los centrales y fusila el primero. Minuto ocho, huuyyy. Minuto trece, cabezazo de Berruet, huuyyy. Minuto catorce, centro de Quero y cabezazo perfecto de Romo, 2-0. Minuto veinte, jugada por banda derecha, hasta ocho toques a mil por hora para llegar al área del Alcorcón. Gal se pone en pie en medio de un aullido de admiración.

El Real Unión de Irun está en Segunda, pero todavía queda hora y media por delante para seguir disfrutando, para poner a hervir a una afición que ha tenido que esperar demasiado tiempo para recuperar la categoría, para regalarle el ascenso sin teñirlo de dramatismo, sin necesidad de sufrir, sin mancha de riesgo. Y así va a transcurrir la tarde en un crescendo feliz que culminará en una noche larga, en un preludio gozoso de los sanmarciales, pero entre tanto el Real Unión sigue jugando al fútbol y explicando con claridad las razones de su retorno al fútbol de plata, la justicia de su éxito.

Tal como transcurrió el partido, el Alcorcón se pudo llevar un saco de goles. La diferencia marcada en los primeros veinte minutos permaneció hasta el final. Ya no fue el aluvión de ocasiones del principio, pero siguió siendo un auténtico baño de fútbol que hizo feliz a la afición guipuzcoana y que poco a poco fue apagando a los modélicos seguidores madrileños, nada que ver con la incivilidad vallesana de dos semanas atrás.

El control abrumador del Real Unión fue consecuencia de una lectura sabia del encuentro. Enorme presión en todas las zonas del campo para secar cualquier esbozo de reacción y búsqueda constante de los espacios para liberar continuas salidas a la contra en las que el triángulo formado por Quero, Goikoetxea y Juan Domínguez levantaba el pánico en la zaga amarilla.

Cuesta creer que el partido llegara al descanso sin más movimiento. El árbitro anuló dos goles a Juan Domínguez. No sé por qué anuló el primero porque en el campo no tenía monitor para ver repetida la jugada. Si sé por qué anuló el segundo y se equivocó porque al portero se le escapó el balón sin que nadie le hiciera falta.

La verdad es que uno lo piensa y el árbitro fue el jugador más eficaz del Alcorcón, pero la diferencia era tal que no revistió importancia. Por mucho que se equivocara en jugadas claves como la del penalti de última hora, no sirvió más que para contener la inundación y para que el resultado final no fuera exagerado.

Los irundarras pudieron ampliar la cuenta más de una vez, pero el Alcorcón se salvó. Por contra, Jauregi anduvo ágil en las tres aproximaciones madrileñas del final del primer tiempo. No tenían peligro más que en jugadas a balón parado, pero el 2-0 siempre encierra el riesgo de que una jugada puntual cambie el sentido del encuentro. No pasó nada de eso.

El Real Unión, mandar y templar
El segundo tiempo fue un recital. La salida irundarra fue de nuevo poderosa. En diez minutos el meta Raúl tuvo derecho a tres nuevos sustos. Después el Alcorcón trató de ganar terreno y su entrenador terminó sacrificando un central para hacerse con el control del centro del campo. No funcionó. El balón ni se acercaba al área local.

Los unionistas recuperaban el cuero y buscaban las diagonales para salir a la contra. Tardó en llegar el tercero, pero nadie en Gal dudaba de que el encuentro iba a quedar sentenciado antes o después. Juan Domínguez y Abasolo culminaron la enésima contra para dejar el encuentro terminando con veinte minutos por delante.

Esos últimos minutos fueron un carnaval que fluía de la grada al campo y del campo a la grada. Los cánticos de la afición cortaban de raíz cualquier intento de conversación. La ola se convirtió en tsunami y durante más de cinco minutos fue levantando a la gente cada vez más rápido, cada vez más alto, cada vez más fuerte. Los cambios de Quero y de Juan Domínguez fueron acogidos con atronadoras ovaciones. El árbitro consiguió que el Alcorcón salvara el honor. Y ahí acabó todo. O no. En realidad no hizo más que empezar. Primero, la fiesta y después la aventura del Unión en Segunda División, 45 años después. No pudo ser mejor. Imposible.


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